Hace unos días subí un vídeo desde mi humilde poltrona hablando de 10 libros que, bajo mi criterio personal, están sobrevalorados. Y lo cierto es que Internet explotó. Explotó en todos los sentidos: el bueno, el malo y el intermedio. Hubo aplausos, hubo cuchillos, y sobre todo, hubo debate.
Y quiero empezar diciendo algo con total claridad: gracias. A los que comentasteis, a los que discutisteis, a los que os reísteis, incluso a los que os enfadasteis. Porque si algo demuestra este pequeño terremoto es que la literatura sigue viva.
El fenómeno (y la explosión)
Este canal nació a comienzos de diciembre de 2024. Hoy, apenas tres meses después, somos ya casi 15.000 almas hablando de libros, ideas y cultura. Y eso, sinceramente, es abrumador.
He tenido otro canal antes —El archivo de Teralyn, dedicado al mundo del cómic—, pero nunca había experimentado un crecimiento tan salvaje ni una conversación tan encendida como la que se ha formado aquí.
Así que, inevitablemente, cuando algo resuena, levanta ampollas. Va con el cargo. Y la verdad es que lo entiendo. Pero también creo que no hay nada más sano que debatir sobre lo que amamos.
Los nuevos jueces literarios
El vídeo de los libros sobrevalorados me trajo una avalancha de comentarios que podrían dividirse en dos grandes grupos:
- Los que decían cosas como “¡Por fin alguien lo dice!”
- Y los que clamaban “¡Cómo te atreves!”
“Poner Cien años de soledad junto a El código Da Vinci es un desatino.”
“Si no te gusta El guardián entre el centeno, es tu problema.”
“¿Cómo te atreves a criticar Ulises? Yo lo he leído dos veces.”
Todo eso, palabra por palabra, está en los comentarios. No invento nada.
Y ahí nació el tema del vídeo de hoy: los jueces literarios. Esa figura que aparece siempre que alguien osa decir que un clásico no le gustó, o que un bestseller le parece una castaña.
La falacia del “si no te gusta, es que no lo entendiste”
Es la más común de todas.
Si no te entusiasma Ulises, Rayuela o Cien años de soledad, entonces el problema eres tú. Tu intelecto. Tu falta de sensibilidad.
Pero no, amigos: no entender una obra no es pecado. No disfrutarla, tampoco.
Hay quien ve El árbol de la vida de Terrence Malick y se emociona hasta las lágrimas; otros bostezan.
Hay quien ama el sushi y quien lo detesta.
¿Significa eso que los segundos “no saben comer”? No. Simplemente no les gusta. Y no pasa nada.
La literatura es libertad. Y la libertad incluye no disfrutar de un libro que todos aman, sin necesidad de pedir perdón ni devolver el carnet de lector.
La sacralización literaria
Otra falacia habitual: elevar los libros al altar. Convertirlos en religión.
Rayuela, Cien años de soledad, Ulises… obras maestras, sí. Pero no deidades.
Julio Cortázar, el propio autor de Rayuela, dijo una vez:
“Censurar es una manera de decir que las cosas no existen, como si no hablar del hambre hiciera que desapareciera.”
Y tenía razón. Si ni siquiera podemos opinar sobre una obra sin ser excomulgados, entonces ya no hablamos de literatura: hablamos de fe.
Y yo, personalmente, no quiero una literatura dogmática.
El mito del canon y el valor “sagrado”
Muchos defienden que si una obra está en el canon literario, es intocable.
Pero conviene recordar algo: Shakespeare escribía para entretener. Sus obras eran el equivalente isabelino de una serie de Netflix. Dickens, Dumas o Melville fueron autores populares, incluso despreciados por los círculos académicos de su tiempo.
El canon no es una verdad eterna, es un acuerdo temporal.
Y como todo acuerdo, puede revisarse.
La falacia del “no lo terminaste, por eso no puedes opinar”
Otro clásico del fundamentalismo lector:
“Para valorar Cien años de soledad, hay que leerlo más de una vez.”
Vale. Pero si no te gusta en la primera lectura, ¿por qué habría de gustarte en la tercera?
Nadie obliga a comer acelgas hasta amarlas, ni a ver tres veces una serie que aburrió a la primera.
¿De verdad vamos a aplicar ese masoquismo a la lectura?
La literatura no es penitencia. Es placer, emoción, diálogo.
La comparación jerárquica
Otro argumento que me lanzaron:
“No puedes poner Cien años de soledad en la misma lista que Crepúsculo.”
¿Y por qué no? ¿Acaso no son ambos fenómenos literarios en su contexto?
Hablar de libros no es construir templos, es comparar experiencias, incluso si provienen de niveles o géneros distintos.
Si podemos hablar de Beatles y Bad Bunny en un mismo debate musical, ¿por qué no de Márquez y Meyer en uno literario?
La falacia de la experiencia personal
Otra muy repetida:
“No puedes criticarlo, porque refleja mi historia, mi cultura, mi pueblo.”
Perfecto, lo celebro. Pero eso no lo hace universal.
Mi experiencia tampoco es la de nadie más.
La literatura no es patrimonio de quien la siente más fuerte, sino un lenguaje compartido.
¿Qué es literatura y quién reparte los carnés?
Este es el gran debate de fondo.
¿Existe una frontera entre “literatura de entretenimiento” y “literatura seria”?
Si la respuesta es sí, ¿quién la traza?
Recordemos que a Shakespeare, Dickens o Melville también los despreciaron en su día. Que Moby Dick fue un fracaso editorial. Que la posteridad cambia de opinión.
La línea entre arte y entretenimiento no es fija, y el tiempo se encarga de borrarla y redibujarla sin pedir permiso.
La rebelión del lector libre
Hay gente que intenta convertir la literatura en un club de élite:
- “Si no has leído a Joyce, no opines.”
- “Si no te lees 200 libros al año, no eres lector.”
Pero lo cierto es que la literatura siempre ha sido un acto de rebeldía, no de obediencia.
No necesita guardianes ni jueces, y mucho menos inquisidores con carnet.
Así que sí: prefiero ser un ignorante feliz antes que un devoto literario de mirada severa.
Porque la literatura es para todos, para quien lee un libro al mes o uno cada década.
Y si para hablar de ella hay que arrodillarse ante los jueces literarios…
entonces me quedo de pie.
Lo mejor está por leer
Si algo he aprendido de todo este torbellino es que discutir sobre libros es una de las cosas más humanas que existen.
Cada opinión, cada discrepancia, cada enfado incluso, demuestra que seguimos vivos como lectores.
Así que a todos los que comentasteis, criticásteis, defendisteis o simplemente pensasteis: gracias.
Seguiré diciendo lo que pienso, con respeto, con ironía y con amor por los libros.
Porque la literatura, como la vida, no necesita jueces.
Solo necesita lectores.
Y recuerda, como siempre:
lo mejor está por leer.


No he visto el video (lo haré), pero ya estos comentarios y tus comentarios sobre ellos, me intrigan mucho. Estoy de acuerdo sobre muchas cosas de las que dices, pero me quedo con dos de ellas: la irreverencia que está de fondo (que me parece un acto de rebeldía), y con la certeza que lo mejor está por leer.
Gracias per crear debate